El cuento de los “vadegros” y su curiosa costumbre

Había una vez un planeta en una galaxia muy lejana, en el que vivían unos seres muy influenciados por las opiniones de los demás. Formaban una sociedad acomplejada, débil, enfermiza y, lo peor de todo, adoctrinada por media docena de espabilados que habían aprendido a manejar los defectos de esos seres para empujarlos a cometer los mayores desvaríos, con la misma impunidad que se conduce a una manada de borregos camino del matadero.
Hablamos de unos ciudadanos que habían sido despojados de su dignidad, de su amor propio, de sus instintos de supervivencia, y hasta de los valores fundamentales para la convivencia. Habían perdido hasta el más elemental instinto que tienen todas las criaturas de defender a sus hijos. Les contaron que los niños tenían que ser inoculados con venenos para que no enfermaran, y los integrantes de esa sociedad idiotizada hacían cola con sus hijos para cometer semejante sacrilegio con la sangre incontaminada de sus retoños.
El mayor problema de estas gentes es que no tenían ninguna autoestima. Les habían convencido de que todo lo que les gustaba era pecado, o era inmoral, o era de mala educación, o estaba mal visto en las redes sociales. Como no encontraban en sí mismos nada que les gustara, buscaban desesperadamente la aprobación de los demás. Si conseguían ser aceptados en algún grupo numeroso, podrían presumir de ello y vanagloriarse de las hazañas grupales como si fueran propias.

Pero la pertenencia a un grupo, clan, casta, secta, religión, partido, pandilla o comunidad tiene un coste personal alto, aunque la mayoría lo pagan encantados con tal de codearse con lo que ellos piensan que es la crema social de esa época. Hay que vestir según los dictados del grupo. Escuchar la música correcta. Hablar usando palabras del argot adecuado. Odiar a las mismas personas que odian los compañeros y admirar a los intelectuales que digan lo que es correcto decir. Resumiendo: comportarse como un robot programado para realizar ciertos trabajos sin opinión propia ni criterio.
De vez en cuando se ponía de moda en el grupo algún tipo de ropa, deporte, actividad, vicio o manía, y sin que nadie tuviera que decirlo todos intentaban hacer lo mismo o, como mínimo, aparentar que les gustaba.
A lo largo de los años iban cambiando las modas, vicios o manías, pero lo que nunca cambiaba era la devoción y el entusiasmo con los que la masa se dedicaba a realizar cada cosa que se ponía de moda:
Si había que tatuarse, sufrían con entereza el dolor de las agujas y los efectos secundarios de las tintas de mala calidad usadas en chiringuitos insalubres.
Si se ponía de moda ser un cadáver ambulante, quedarse con la piel y los huesos y andar por la calle con unas ojeras de boxeador, la gente se olvidaba del instinto del hambre, no comía nada, y cuando sucumbía a la tentación de llenar el estómago, le ponía remedio vomitando la comida. Lo más patético era cuando, con la cara demacrada y la armonía corporal de un robot de la chatarra, presumían de la elegancia y la belleza sin par de semejantes engendros.
Durante unos lustros se instituyó la, más que moda o costumbre, casi obligación de reunirse grupos de niños y jóvenes con el único propósito de emborracharse y consumir otras drogas duras. Hasta esos momentos las bebidas alcohólicas se usaban como un medio o excusa para relacionarse con otros, ayudando a romper el hielo del encuentro a puerta fría. Con la institución del botellón se subió un nivel, las drogas dejaron de ser un medio para convertirse en un fin. Ya no se bebía para socializar y alternar con los amigos, se bebía única y exclusivamente para emborracharse, para evadir la realidad, con el coma etílico como única meta.
Con la invasión de las redes sociales, cualquier manía o moda se podía instaurar a nivel mundial en pocas semanas. Cuanto más absurda, peligrosa, inmoral, antinatural o estúpida, más fuerte arraigaba y más gente se apuntaba a la nueva locura.
Un buen día, en un programa de bricolaje en TV, un presentador se pegó sin querer un martillazo en un dedo, se le puso el dedo hinchado y morado, y para disimular su negligencia dijo que lo había hecho porque era la última moda en los países más adelantados, ya que era una manera muy sofisticada de experimentar una sensación de dualidad, de placer y dolor. El placer de la valentía de autoinfringirse dolor, y el dolor proporcional al nivel de valentía para asestar el golpe. Cuanto más valiente, más fuerte el martillazo, y más dolor sufrido, todo proporcional.
Quizá el éxito que tuvo la estúpida locura de pegarse martillazos en el dedo fuera debido a que, cualquiera podía demostrar lo valiente que era, mostrando que su dedo era el más amoratado y más hinchado de toda la cuadrilla de amigos, inequívoca señal de que no había dudado en descargar un martillazo con toda su saña. La foto del dedo vencedor acumulaba miles de “likes” y era más popular que en su época lo fue el dedo incorrupto de algún santo famoso.
A los asiduos practicantes de la nueva moda se les apodaba “los valientes del dedo negro”, que en internet pronto se redujo a la etiqueta “vadegro”. Si no eras un “vadegro” y podías presumir de la hinchazón de tu dedo y su color negruzco, socialmente estabas muerto. No hace falta decir que, en poco tiempo, nadie se atrevía a salir de casa con todos sus dedos con su color ancestral.
Al acentuarse tanto, esta nueva manía tuvo unas repercusiones a casi todos los niveles de la sociedad. Citaré unas pocas como ejemplo:
Cualquier película en la que los actores no tuvieran los dedos a la moda, era considerada anticuada, desfasada e inválida para optar a los Oscar.
Los poetas y los compositores de canciones pronto vieron el filón y empezaron a alabar las nuevas gestas como en los mejores tiempos de los caballeros de la Tabla Redonda.
Aquí tenemos uno de los estribillos de una canción de moda:

Si con una chica flaca te dispones a ligar
asesta en tu dedo un solemne martillazo

aunque la invites al cine y un buen yantar
sin un dedo muy oscuro no habrá flechazo

aunque vayas con guantes para disimular
en cuanto te los quites te dará esquinazo

La industria de todo tipo empezó a sacar nuevos productos sofisticados para satisfacer la amplia demanda: se anunciaban martillos de madera de roble, que conseguían la misma hinchazón y el color morado de los de hierro, pero sin los riesgos de rotura de las falanges. Fueron un éxito de venta sin precedentes.
Se mejoraron los anestésicos en espray para que mitigaran el dolor. Para no demostrar cobardía, al pedirlos en la farmacia siempre se decía que era un encargo de un amigo cobardica.
Se inventaron unos antiinflamatorios especiales que no rebajaban la inflamación, pues nadie quería que desapareciera la prueba de su valentía.
Muchos empezaron a usar maquillajes de efectos especiales para aparentar que el dedo estaba más amoratado que su color real. Lo cual condujo al invento de un test para comprobar si había rastros de maquillaje, que los más valientes se aplicaban públicamente para demostrar su autenticidad.
El desastre social se produjo un buen día, que a un famoso conocido se le ocurrió la brillante idea de martillearse todos los dedos de ambas manos. Para los últimos dedos tuvo que pedir ayuda a un mendigo a cambio de unas monedas, pues sus manos ya no podían sostener el martillo.
El vídeo de tal hazaña dio la vuelta al mundo en pocas horas, y millones de imitadores quisieron igualar la gesta. Al cabo de un mes, la mayoría de las empresas tenían más empleados de baja laboral que los que quedaban trabajando con la mayoría de sus dedos sanos. Los pocos trabajadores que seguían en su puesto de trabajo se cubrían la cara con una bufanda cuando las cámaras del telediario iba a hacer un reportaje, pues se avergonzaban de que algún amigo pudiera reconocerlos y burlarse de su cobardía.
La falta de mano de obra, que en este caso era la falta de dedos en las manos de obra, hizo caer la producción hasta el punto de provocar una grave escasez de alimentos y productos de primera necesidad. Los gobiernos mundiales se reunieron en la ONU y designaron a un panel de expertos para buscar soluciones al grave problema mundial.
Después de meses de investigación y de numerosos estudios científicos sobre el problema, los expertos propusieron las siguientes medidas:
Imponer una vacuna obligatoria a todos los niños que debilitara los músculos de los brazos para siempre, de forma que no tuvieran suficiente fuerza para levantar el martillo.
Prohibir la venta de martillos de cualquier material, y quitar las fotos de los martillos de los libros de texto escolares.
Cualquiera que tuviera un martillo debería entregarlo a las autoridades bajo pena de cárcel.
Crear asociaciones de “vadegros” anónimos en todas las ciudades para ser desintoxicados. Mientras tuvieran el “mono”, se les prestaría un martillo de imitación de goma blanda, con el que soportar el síndrome de abstinencia. Para los irrecuperables habían diseñado unos guantes de acero reforzado, con una cerradura en la muñeca para que no se los pudieran quitar.
Desgraciadamente, toda la batería de medidas no surtió ningún efecto. La gente se rebeló en masa contra una medidas opresoras que atentaban contra la libertad personal y coartaban su derecho a decidir sobre su propia vida. Las fábricas de martillos ilegales hicieron su agosto, vendiendo los mismos martillos que unos meses antes, pero multiplicando su precio por diez.
Y así se extinguió una raza cuya soberbia sólo era superada por su estupidez.
MORALEJA: si alguien ha llegado a la conclusión de que los “vadegros” eran idiotas, sería un buen momento para hacer un repaso de las cosas que cada uno hace diariamente con la mayor naturalidad, y que posiblemente sean más absurdas, estúpidas o infantiles que darse martillazos en el dedo.
Creerse los diagnósticos de un matasanos, las promesas de un político, o la vida eterna rodeado de ángeles comiendo tortitas con miel, es mucho más ingenuo que hacerse el chulo con un dedo inflamado.
Si pegarse en el dedo es de tontos, es mucho peor martillearse el hígado con cubalibres, ponerse los pulmones negros de nicotina o llevar calcetines acrílicos en verano.
Si la chulería de llevar un dedo morado nos parece ridícula, habría que preguntarles a los aborígenes que piensan de llevar zapatos de tacón de aguja.
Y, por último, me parece más sensato y civilizado aporrearse el dedo que chutarse quimioterapia en la vena.
La gente confunde lo que hacen todos con lo normal. Luego asocia lo normal con lo inocuo. Y por esa estúpida asociación de ideas, llega a la conclusión de que la quimioterapia es buena, pues si no lo fuera no se la meterían a todos los que pasan.
Como he dicho mil veces: nadie puede evitar que los ignorantes sufran.

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No hay respuestas

  1. María dice:

    Buenas noches!
    ¿Alguien sabe por curiosidad por qué se pueden tener los glóbulos blancos bajos?
    Me salieron en la última analítica que me hice y nunca me había pasado antes. El médico no le ha dado importancia porque dice que como no me cojo infecciones….
    Saludos

    • Hay que ver la manía que tiene la gente de hacerse analiticas sin que medie motivo alguno.
      Las analíticas, chequeos, mamografías, colonoscopias, biopsias y todas esas tonterías son muy peligrosas. Por el daño que pueden producir por sí mismas, y por el alto porcentaje de diagnósticos falsos que luego se tratan como verdaderos.
      Más de la mitad de gente que muere cada año diagnosticados de cáncer, no tenían cáncer. Incluso los que sí que lo tenían, se hubieran salvado más si no hubieran hecho nada.
      Con los del Sida y la hepatitis C subimos al 100% de criminalidad.
      El cuerpo sabe perfectamente los globulos blancos o colorados que tiene que tener. Si se hace una vida sana, no hace falta preocuparse por nada. Si no se hace vida sana, al menos hay que esperar a tener síntomas de alguna enfermedad, para ir a la cadena de montaje de enfermos a pasar la revisión.


  1. octubre 2, 2018

    […] El cuento de los “vadegros” y su curiosa costumbre […]

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