Comentarios sobre el vivir

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Comentarios sobre el vivir

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Primer capítulo del primer libro de comentarios del vivir


TRES PIADOSOS EGOISTAS

EL OTRO DÍA vinieron a verme tres devotos egoístas. El primero era un sanyasi, un hombre que había renunciado al mundo; el segundo era un orientalista que creía firmemente en la fraternidad; y el tercero era un convicto forjador de una maravillosa utopía. Cada uno de los tres luchaba con ardor por su propia obra y miraba con desdén las actitudes y actividades de los otros. Cada uno se afirmaba en su propia convicción, se sentía ardientemente apegado a su forma particular de creencia, y los tres, por extraño que parezca, eran crueles.

Me dijeron, especialmente el utopista, que estaban dispuestos a negarse o sacrificarse a sí mismos y a sus amigos por aquello en que creían. Parecían humildes y suaves, particularmente el hombre de la fraternidad, pero había en ellos dureza de corazón y esa peculiar intolerancia que es característica del superior. Eran los escogidos, los intérpretes; sabían y estaban seguros.

En el transcurso de una seria conversación, el sanyasi dijo que estaba preparándose para su próxima vida. Esta vida, declaró, tenía muy poco que ofrecerle, pues él había visto a través de todas las ilusiones mundanas y había abandonado los caminos del mundo. Tenía algunas debilidades personales y cierta dificultad para concentrarse, añadió, pero en su próxima vida alcanzaría el ideal que había fijado para sí mismo.

Todo su interés y vitalidad reposaban en su convicción de que iba a ser algo en su próxima vida. Conversamos un buen rato, y su énfasis estaba siempre en el mañana, en el futuro. Dijo que el pasado existía, pero siempre en relación al futuro. Dijo que él era más que un pasaje al futuro, y el hoy interesaba únicamente por el mañana. Si no hubiera mañana, preguntó, ¿para qué esforzarse? Valdría lo mismo vegetar o ser como la apacible vaca.

Toda la vida era un continuo movimiento del pasado hacia el futuro a través del momentáneo presente. Debemos usar el presente, dijo, para ser algo en el futuro: para ser sabios, para ser fuertes, para ser compasivos. Tanto el presente como el futuro eran transitorios, pero mañana la fruta estará madura. Insistió en que el hoy no es más que un peldaño y que no deberíamos estar demasiado ansiosos o demasiado particularizados con él; debemos mantener claro el ideal del mañana y tratar de hacer la jornada con éxito. En síntesis, el presente le causaba impaciencia.

El hombre de la fraternidad era más instruido, y su lenguaje más poético; era experto en el manejo de las palabras, y completamente suave y convincente. También había esculpido un nicho divino para sí en el futuro. Tenía que ser algo. Esta idea le llenaba el corazón, y había reunido discípulos para ese futuro. La muerte, dijo, era una cosa hermosa, porque nos aproxima a ese nicho divino que hacía posible para él vivir en este triste y feo mundo.

Sostenía la necesidad de cambiar y embellecer el mundo, y trabajaba con ardor por la fraternidad humana. Consideraba que la ambición, con su secuela de crueldades y corrupciones, era inevitable en un mundo en el que es preciso hacer las cosas; y que por desgracia, si uno deseaba realizar ciertas actividades orgánizativas, tenía que ser un poco severo. La obra era importante porque estaba ayudando a la humanidad, y cualquiera que se opusiese tenía que ser separado —suavemente, por supuesto. Para ese trabajo la organización era de la mayor importancia y no debía ser estorbada. “Otros tienen sus senderos”, dijo, “pero el nuestro es esencial y quienquiera que se nos interponga no es de los nuestros”.

El utopista era una extraña mezcla de idealista y de hombre práctico. Su Biblia no era la antigua sino la nueva. Creía en la nueva implícitamente. Conocía de antemano el desarrollo del futuro, pues el nuevo libro lo predecía. Su plan era confundir, organizar y realizar. El presente, dijo, está corrompido, debe ser destruido, y fuera de esta destrucción lo nuevo debe construirse. El presente tenía que ser sacrificado por el futuro. El hombre futuro era lo que importaba, no el hombre presente.

“Nosotros sabemos cómo crear ese hombre futuro”, dijo, “podemos plasmar su mente y corazón; pero necesitamos llegar al poder para hacer algo bueno. Estamos dispuestos a sacrificarnos y a sacrificar a otros para traer un nuevo orden. Mataremos a cualquiera que se interponga en el camino, pues los medios carecen de importancia; el fin justifica los medios”.

Para la paz final, cualquier forma de violencia podía ser usada; para la final libertad individual, la tiranía en el presente era inevitable. “Cuando tengamos el poder en nuestras manos”, declaró, “emplearemos toda forma de compulsión para hacer posible un nuevo mundo sin distinciones de clase, sin sacerdotes. Nunca nos apartaremos de nuestra tesis central, estaremos fijos ahí, pero nuestra estrategia y nuestras tácticas variarán de acuerdo con las cambiantes circunstancias. Planeamos, organizamos y actuamos para destruir al hombre presente en aras del hombre futuro”.

El sannyasi, el hombre de la fraternidad y el utopista, viven todos para el mañana, para el futuro. No son ambiciosos en el sentido mundano, no desean altos honores, riquezas o reconocimiento, pero son ambiciosos en una forma mucho más sutil. El utopista se ha identificado como un grupo que, según piensa, tendrá el poder de reorientar al mundo; el hombre de la fraternidad aspira a ser exaltado, y el sannyasi a alcanzar su meta. Todos están preocupados con su propio devenir, con su propia realización y expansión. No ven que ese deseo niega la paz, la fraternidad y la suprema felicidad.

La ambición en cualquier forma —para el grupo, para la salvación individual o para la realización espiritual— es acción postergada. El deseo es siempre del futuro; el deseo de llegar a ser es inacción en el presente. El ahora tiene más importancia que el mañana. En el ahora está todo el tiempo, y comprender el ahora es estar libre del tiempo. El devenir es la continuación del tiempo, del dolor. Devenir no contiene ser. Ser es siempre en el presente, y ser es la forma más elevada de transformación. Devenir es mera continuidad modificada, y sólo hay transformación radical en el presente, en ser.

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Comentarios sobre el vivir - Tomo I
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Comentarios sobre el vivir tomo 2

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Un capítulo del segundo libro de Comentarios sobre el vivir

KARMA
EL SILENCIO NO es para ser cultivado, no se le ha de producir deliberadamente; no se le ha de buscar, ni pensar o meditar sobre él. El cultivo deliberado del silencio es como el disfrute de algún placer anhelado; el deseo de silenciar la mente no es otra cosa que la búsqueda de sensación. Semejante silencio es sólo una forma de resistencia, un aislamiento que conduce a la decadencia. El silencio que es adquirido, es cosa del mercado, en el cual hay el ruido de la actividad. El silencio llega con la ausencia del deseo. El deseo es veloz, astuto y profundo. El recuerdo intercepta el cauce del silencio, y una mente aprisionada en la experiencia no puede estar en silencio. El tiempo, el movimiento del ayer que fluye al hoy y al mañana, no es silencio. Con la cesación de este movimiento hay silencio, sólo entonces puede surgir aquello que es innombrable.

“He venido a hablar sobre el karma con vos. Claro que yo tengo ciertas opiniones sobre ello, pero me gustaría conocer las vuestras”.

La opinión no es la verdad; tenemos que dejar a un lado las opiniones para encontrar la verdad. Hay innumerables opiniones, pero la verdad no es de este grupo o de aquél. Para la comprensión de la verdad, tienen que desprenderse todas las ideas, conclusiones, opiniones, como las hojas secas caen de un árbol. La verdad no ha de encontrarse en libros, en el conocimiento, en la experiencia. Si buscáis opiniones, no hallaréis ninguna aquí.

“Pero podemos hablar sobre el karma y tratar de comprender su significado; ¿no?

”Ese, desde luego, es un asunto diferente. Para comprender, tienen que cesar las opiniones y las conclusiones.

“¿Por qué insistir sobre eso?”

¿Podéis comprender alguna cosa si ya habéis hecho vuestra opinión sobre ella, o si repetís las conclusiones de otro? Para hallar la verdad de esta cuestión, ¿no tenemos que acercarnos a ella como si fuera de nuevo, con una mente no nublada por el prejuicio? ¿Qué es más importante, estar libre de conclusiones, prejuicios, o especular sobre alguna abstracción? ¿No es más importante hallar la verdad que disputar sobre lo que la verdad es? Una opinión sobre lo que es la verdad, no es la verdad. ¿No es importante descubrir la verdad con respecto al karma? Ver lo falso como falso es empezar a comprenderlo,¿no es así? ¿Cómo podemos ver la verdad o lo falso si nuestras mentes están atrincheradas en la tradición, en palabras y explicaciones? Si la mente está atada a una creencia, ¿cómo puede llegar lejos? Para viajar lejos, la mente tiene que estar libre. La libertad no es algo que deba ganarse al fin de un largo esfuerzo, tiene que estar en el principio mismo del viaje.

“Quiero descubrir qué es lo que significa para vos el karma”.

Señor, vamos a emprender juntos el viaje del descubrimiento. Repetir meramente las palabras de otro no tiene hondo significado. Es como tocar un disco de fonógrafo. La repetición o la imitación no trae libertad. ¿Qué queréis decir con “karma”?

“Es una palabra sánscrita que significa hacer, ser, actuar, etc. Karma es acción, y acción es el resultado de lo pasado. La acción no puede existir sin el condicionamiento del trasfondo. A través de una serie de experiencias, a través del condicionamiento y del conocimiento, se crea el trasfondo de la tradición, no sólo durante la actual vida del individuo y del grupo, sino a lo largo de muchas encarnaciones. La constante acción e interacción entre el trasfondo, que es el ‘yo’, y la sociedad, la vida, es karma; y el karma ata a la mente, al ‘yo’. Lo que he hecho en mi vida pasada, o ayer mismo, me retiene y me configura, produciendo dolor o placer en el presente. Hay karma de grupo o colectivo, lo mismo que del individuo. Tanto el grupo como el individuo están sujetos por la cadena de causa y efecto. Habrá dolor o gozo, castigo o premio, según lo que yo haya hecho en el pasado”.

Decís que la acción es resultado del pasado. Tal acción no es acción en absoluto, sino sólo una reacción, ¿no es así? El condicionamiento, el trasfondo, reacciona a los estimulas; esta reacción es la respuesta de la memoria, que no es acción, sino karma. Por el momento no nos interesa lo que es la acción. El karma es la reacción que surge de ciertas causas y produce ciertos resultados. Karma es esta cadena de causa y efecto. Esencialmente, el proceso del tiempo es karma, ¿no es verdad? En tanto haya un pasado, tiene que haber el presente y el futuro. Hoy y mañana son los efectos de ayer; ayer, en conjunción con hoy, hace el mañana. El Karma, tal como generalmente se lo entiende, es un proceso de compensación.

“Como decís, el karma es un proceso del tiempo, la mente es el resultado del tiempo. Sólo los pocos afortunados pueden escapar de las garras del tiempo; los demás estamos ligados al tiempo. Lo que hemos hecho en el pasado, bueno o malo, determina lo que somos en el presente”.

¿Es el trasfondo, el pasado, un estado estático? ¿No está sufriendo una constante modificación? Hoy no sois el mismo que erais ayer; tanto fisiológica como psicológicamente hay un constante cambio en marcha, ¿verdad?

“Desde luego”.

Así que la mente no es un estado fijo. Nuestros pensamientos son transitorios, cambian constantemente; son la respuesta del trasfondo. Si yo he sido criado en cierta clase de sociedad, en una definida cultura, responderé al reto, a los estímulos, de acuerdo con mi condicionamiento. En la mayoría de nosotros, este condicionamiento está tan profundamente arraigado que la respuesta casi siempre se ajusta a la norma. Nuestros pensamientos son la respuesta del trasfondo. Nosotros somos el trasfondo, ese condicionamiento no es separado ni es diferente de nosotros. Con el cambio del trasfondo, cambian también nuestros pensamientos.

“Pero seguramente que el pensador es enteramente diferente del trasfondo, ¿no?”

¿Lo es? ¿No es el pensador resultado de sus pensamientos? ¿No esta compuesto de sus pensamientos? ¿Existe una entidad separada, un pensador aparte de sus pensamientos? ¿No ha creado el pensamiento al pensador, no le ha dado permanencia en medio de la impermanencia de los pensamientos? El pensador es el refugio del pensamiento, y el pensador se coloca en diversos niveles de permanencia.

“Veo que esto es así, pero me cuesta bastante admitir las tretas que el pensamiento se juega a sí mismo”.

El pensamiento es la respuesta del trasfondo, de la memoria; la memoria es conocimiento, el resultado de la experiencia. Esta memoria, mediante sucesivas experiencias y respuestas, se vuelve más dura, mayor, más afinada, más eficiente. Una forma de condicionamiento puede sustituir a otra, pero sigue siendo condicionamiento. La respuesta de este condicionamiento es Karma, ¿no es así? A la respuesta de la memoria se la llama acción, pero no es más que reacción, esta “acción” engendra nueva reacción, y así hay una cadena de lo que llamamos causa y efecto. Pero ¿no es la causa también el efecto? Ni la causa ni el efecto son estáticos. Hoy es el resultado de ayer, y hoy es la causa de mañana; lo que era la causa se convierte en el efecto, y el efecto en la causa. Uno afluye al otro. No hay momento en que la causa no sea también el efecto. Sólo lo especializado está fijo en su causa y por tanto en su efecto. La bellota sólo puede convertirse en un roble. En la especialización hay muerte: pero el hombre no es una entidad especializada, puede ser lo que quiera. Puede irrumpir a través de su condicionamiento: y tiene que hacerlo si quiere descubrir lo real. Tenéis que dejar de ser lo que se llama un Brahmin para realizar a Dios.

Karma es el proceso del tiempo, el pasado avanzado a través del presente hacia el futuro: esta cadena es el camino del pensamiento. El pensamiento es el resultado del tiempo, y sólo puede existir aquello que es inconmensurable, eterno, cuando ha cesado el proceso del pensamiento. La quietud de la mente no puede ser inducida, no puede producirse por medio de ninguna práctica o disciplina. Si hacemos la mente tranquila, entonces, sea lo que fuere lo que venga a ella, será sólo una autoproyección, la respuesta de la memoria. Con la comprensión de su condicionamiento, con el darse cuenta sin selección, de sus propias respuestas en forma de pensamiento y sentimiento, la tranquilidad viene a la mente. Esta ruptura de la cadena del Karma no es cuestión de tiempo; porque mediante el tiempo, no existe lo atemporal.

El karma debe comprenderse como un proceso total, no meramente como algo del pasado. El pasado es tiempo, como el presente y el futuro. El tiempo es memoria, la palabra, la idea. Cuando la palabra, el nombre, la asociación, la experiencia, no existe, sólo entonces está la mente en calma, no meramente en las capas superficiales, sino por completo, íntegramente.


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Comentarios sobre el vivir - Tomo II
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Comentarios sobre el vivir tomo 3

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Un capítulo del tercer libro de Comentarios sobre el vivir


ODIO Y VIOLENCIA


ERA MUY TEMPRANO; el sol no saldría hasta pasada una hora más o menos. La Cruz del Sur brillaba muy clara y con extraña belleza sobre las palmeras. Todo se hallaba muy quieto; los árboles estaban inmóviles y oscuros, y aun las pequeñas criaturas de la tierra estaban silenciosas. Había una pureza y una bendición sobre el mundo dormido.

El camino conducía a través de un grupo de palmeras hasta más allá de un gran estanque, donde empezaban las casas. Cada casa tenía un jardín, algunos bien cuidados y otros desatendidos. Había en el aire aroma de jazmín, y el rocío enriquecía aun más el perfume. Aun no había luces en las casas, y las estrellas todavía estaban claras, pero iba despertando el cielo por oriente. Pasó un ciclista bostezando, y siguió sin volver la cabeza. Alguien, que había puesto en marcha un automóvil, lo estaba calentando poco a poco, y se oyó un impaciente toque de bocina. Más allá de estas casas, el camino pasaba al lado de un arrozal y torcía hacia la izquierda, hacia la extensa ciudad.

De la carretera partía un sendero que seguía un canal. Las palmeras a lo largo de sus orillas se reflejaban en las tranquilas y claras aguas, y una gran ave blanca estaba ya en actividad, en procura de peces. Aun no pasaba nadie por aquel sendero, pero pronto lo harían muchos, pues los lugareños lo utilizaban como atajo hacia la carretera principal. Al otro lado del canal había una casa apartada, con un gran árbol en un jardín bastante bonito. Ahora apuntaba plenamente el alba, y el lucero era apenas visible sobre el árbol; pero la noche aun contenía la llegada del día. Una mujer se hallaba sentada sobre una estera bajo el árbol, afinando un instrumento de cuerdas que descansaba sobre sus rodillas. Empezó enseguida a entonar algo en sánscrito; era profundamente religioso, y a medida que las palabras llenaban el aire matutino, pareció cambiar toda la atmósfera del lugar, que se cargó de extraña plenitud y sentido. Luego empezó un cántico que sólo se canta a aquella hora matinal. Era encantador. Ella no se daba cuenta en absoluto de que alguien la escuchaba, ni se cuidaba de que alguien lo hiciera, porque estaba totalmente absorta en aquel cántico. Tenía buena voz, clara, y disfrutaba ampliamente, en actitud grave y seria. Apenas se podía oír el instrumento de cuerdas, pero la voz llegaba clara y fuerte sobre el agua. Las palabras y el sonido llenaban todo el ser, y había el gozo de una gran pureza.

Había llegado con varios de sus amigos, pero algunos eran evidentemente sus seguidores. Un hombrón muy moreno y fornido, parecía vigoroso, y debía de haber sido muy activo físicamente. Acababa de bañarse y sus ropas eran de inmaculada pulcritud. Cuando hablaba, sus labios parecían abarcar toda su cara; parecía estarlo devorando alguna furia interior, y mantenía alta su grande y poblada cabeza, con desdén y autoridad. Su sonrisa era forzada, y se lo veía reír muy pocas voces. Sus ojos, directos y sin reserva, indicaban una completa creencia en todo lo que decía. Había alrededor de él algo extraordinariamente potente.

“Espero me excusaréis si entro inmediatamente en el asunto; no me gusta andar por las ramas, sino que prefiero ir derecho al grano. Estoy con un gran grupo de personas que quiere destruir la tradición brahmínica y poner en su lugar al brahmín. Este nos ha explotado sin piedad, y ahora nos toca el turno a nosotros. Nos ha gobernado, nos ha hecho sentir estúpidamente inferiores y subordinados a sus dioses. Vamos a quemar sus dioses. No queremos que sus palabras corrompan nuestra lengua, que es mucho más antigua que la suya. Proyectamos expulsarlos de toda posición prominente, y nosotros nos volveremos más hábiles y astutos que él. Nos ha privado de educación, pero nosotros le arreglaremos las cuentas”.

Señor, ¿por qué este odio hacia otros seres humanos? ¿No explotáis vosotros? ¿No tenéis sometidas a otras personas? ¿No impedís que otros se eduquen bien? ¿No estáis haciendo planes para conseguir que otros acepten vuestros dioses y vuestros valores? El odio es el mismo, tanto si está en vosotros como si está en el llamado brahmín.

“No creo que comprendáis. A la gente sólo se la puede tener dominada durante cierto tiempo. Este es el día de los humillados Vamos a alzarnos para derrocar el dominio brahmín; estamos organizados y trabajaremos intensamente para conseguirlo. No querernos ni sus dioses ni sus sacerdotes; querernos ser sus iguales o sobrepasarlos”.

¿No sería mejor hablar más reflexivamente sobre el problema de las relaciones humanas? Es muy fácil perorar por una nada, caer en “slogan”, hipnotizar e hipnotizar a otros con palabras falaces. Somos seres humanos, señor, aunque podamos llamarnos con nombres diferentes. Esta tierra es nuestra, no es la tierra del brahmín, del ruso o del americano. Nos torturamos con esas vanas divisiones. El brahmín no es más corrompido que cualquier otro hombre que busca poder y posición. Sus dioses no son más falsos que los que tenéis vosotros y otros. Rechazar una imagen y poner otra en su lugar parece completamente sin sentido, tanto si la imagen está hecha por la mano como si lo está por la mente.

“Todo esto puede ser así en teoría, pero en la vida diaria tenemos que habérnoslas con los hechos. Los brahmines han explotado a otros durante siglos; se han hecho hábiles y astutos, y ahora se han apoderado de todos los puestos escogidos. Nos proponemos quitarles sus puestos y lo estamos haciendo con mucho éxito”.

No podéis quitarles su talento, y ellos seguirán usándolo para sus propios fines.

“Pero nosotros nos educaremos, nos haremos más hábiles de lo que son ellos; los venceremos en su propio juego, y entonces crearemos un mundo mejor”.

El mundo no se hace mejor con el odio y la envidia. ¿No estáis vosotros buscando poder y posición, más bien que tratando de crear un mundo en el que haya terminado todo odio, codicia y violencia? Es este deseo de poder y posición lo que corrompe al hombre, tanto si es un brahmín, un no—brahmín o un ardiente reformador. Si un grupo es ambicioso, envidioso, astutamente brutal, es sustituido por otro con la misma tendencia de pensamiento, seguramente que esto no conduce a ninguna parte.

“Vos os ocupáis de ideologías, y nosotros de los hechos”.

¿Es así, señor? ¿Qué entendéis por un hecho?

“En la vida diaria, nuestros conflictos y nuestra hambre son un hecho. Para nosotros, lo importante es lograr nuestros derechos, salvaguardar nuestros intereses, y procurar que se asegure el porvenir de nuestros hijos. Para este fin, queremos que el poder pase a nuestras manos. Estos son hechos”.

¿Queréis decir que el odio y la envidia no son hechos?

“Pueden serlo, pero a nosotros no nos interesa eso”. Miró en torno suyo para ver qué pensaban los demás, pero todos guardaban respetuoso silencio. También ellos defendían sus intereses.

¿No dirige el odio el curso de la acción exterior? El odio sólo puede engendrar más odio; y una sociedad basada en el odio, en la envidia, una sociedad en la que hay grupos en competencia cada cual protegiendo sus propios intereses, una sociedad así siempre estará en guerra consigo misma, y por lo tanto con otras sociedades. Por lo que decís, todo lo que habéis ganado es la perspectiva de que vuestro grupo suba a la cima, quedando por ello en condiciones de explotar, de oprimir, de hacer daño, como lo ha hecho el otro grupo en el pasado. Esto parece muy tonto, ¿verdad?

“Admito que lo parece, pero nosotros tenemos que tomar las cosas como son”.

En cierto modo, sí, pero no es forzoso que continuemos con ellas como están. Es evidente que tiene que haber un cambio, pero no dentro del mismo patrón de odio y violencia. ¿No os parece que esto es verdad?

“¿Es posible producir un cambio sin odio ni violencia?”

Nuevamente, ¿hay cambio alguno si los medios empleados son semejantes a los utilizados para construir la actual sociedad?

“En otras palabras, decís que la violencia sólo puede crear una sociedad esencialmente violenta, por nueva que creamos que es. Sí, lo comprendo”. De nuevo miró en torno hacia sus amigos.

¿No diríais que, para crear un buen orden social, son indispensables los buenos medios? ¿Y son los medios distintos del fin? ¿No está el fin contenido en los medios?

“Esto se está volviendo un poco complicado. Veo que el odio y la violencia sólo pueden producir una sociedad fundamentalmente violenta y opresora. Hasta ahí, está claro. Pero decís que, para producir una buena sociedad, hay que emplear buenos medios. ¿Cuáles son los buenos medios?”

El buen medio es la acción que no es producto del odio, de la envidia, de la autoridad, de la ambición, del temor. El fin no está distante del medio. El fin es el medio.

“Pero ¿cómo vamos a vencer el odio y la envidia? Estos sentimientos nos unen contra un común enemigo. Hay cierto placer en la violencia, produce resultados, y no puede ser eliminada tan fácilmente”.

¿Por qué no? Cuando percibís por vos mismos que la violencia sólo conduce a mayor daño ¿es difícil desprenderse de la violencia? Cuando, por muy superficialmente agradable que sea, algo os produce profundo dolor ¿no lo dejáis de lado?

“En el nivel físico, eso es relativamente fácil, pero es más difícil en las cosas que son íntimas”.

Sólo es difícil cuando el placer pesa más que el dolor. Si os resultan agradables el odio y la violencia, aunque engendren indecible daño y desdicha los mantendréis; pero sed claro con respecto a eso, y no digáis que estáis creando un nuevo orden social, una mejor forma de vida, porque todo eso es disparatado.

El que odia, el que es adquisitivo, el que busca poder o una posición de autoridad, no es un brahmín, porque un verdadero brahmín está fuera del orden social que se basa en estas cosas; y si vosotros, por vuestra parte, no estáis libres de envidia, de antagonismo, y del deseo de poder, no sois distintos del actual brahmín, aunque os llaméis por un nombre diferente.

“Señor, estoy asombrado de mí mismo, por haberos escuchado siquiera. Hace una hora, me habría horrorizado pensar que yo pudiera escuchar tales cosas; pero he estado escuchando, y no me avergüenzo de ello. Veo ahora cuán fácilmente nos dejamos llevar por nuestras propias palabras y por nuestros más sórdidos impulsos. Esperemos que las cosas sean diferentes.

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Comentarios sobre el vivir - Tomo III
Kam
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Re: Comentarios sobre el vivir

Mensaje por Kam »

Escuela de Salud escribió: 26 Abr 2021, 11:42 Primer capítulo del primer libro de comentarios del vivir


TRES PIADOSOS EGOISTAS

EL OTRO DÍA vinieron a verme tres devotos egoístas. El primero era un sanyasi, un hombre que había renunciado al mundo; el segundo era un orientalista que creía firmemente en la fraternidad; y el tercero era un convicto forjador de una maravillosa utopía. Cada uno de los tres luchaba con ardor por su propia obra y miraba con desdén las actitudes y actividades de los otros. Cada uno se afirmaba en su propia convicción, se sentía ardientemente apegado a su forma particular de creencia, y los tres, por extraño que parezca, eran crueles.

Me dijeron, especialmente el utopista, que estaban dispuestos a negarse o sacrificarse a sí mismos y a sus amigos por aquello en que creían. Parecían humildes y suaves, particularmente el hombre de la fraternidad, pero había en ellos dureza de corazón y esa peculiar intolerancia que es característica del superior. Eran los escogidos, los intérpretes; sabían y estaban seguros.

En el transcurso de una seria conversación, el sanyasi dijo que estaba preparándose para su próxima vida. Esta vida, declaró, tenía muy poco que ofrecerle, pues él había visto a través de todas las ilusiones mundanas y había abandonado los caminos del mundo. Tenía algunas debilidades personales y cierta dificultad para concentrarse, añadió, pero en su próxima vida alcanzaría el ideal que había fijado para sí mismo.

Todo su interés y vitalidad reposaban en su convicción de que iba a ser algo en su próxima vida. Conversamos un buen rato, y su énfasis estaba siempre en el mañana, en el futuro. Dijo que el pasado existía, pero siempre en relación al futuro. Dijo que él era más que un pasaje al futuro, y el hoy interesaba únicamente por el mañana. Si no hubiera mañana, preguntó, ¿para qué esforzarse? Valdría lo mismo vegetar o ser como la apacible vaca.

Toda la vida era un continuo movimiento del pasado hacia el futuro a través del momentáneo presente. Debemos usar el presente, dijo, para ser algo en el futuro: para ser sabios, para ser fuertes, para ser compasivos. Tanto el presente como el futuro eran transitorios, pero mañana la fruta estará madura. Insistió en que el hoy no es más que un peldaño y que no deberíamos estar demasiado ansiosos o demasiado particularizados con él; debemos mantener claro el ideal del mañana y tratar de hacer la jornada con éxito. En síntesis, el presente le causaba impaciencia.

El hombre de la fraternidad era más instruido, y su lenguaje más poético; era experto en el manejo de las palabras, y completamente suave y convincente. También había esculpido un nicho divino para sí en el futuro. Tenía que ser algo. Esta idea le llenaba el corazón, y había reunido discípulos para ese futuro. La muerte, dijo, era una cosa hermosa, porque nos aproxima a ese nicho divino que hacía posible para él vivir en este triste y feo mundo.

Sostenía la necesidad de cambiar y embellecer el mundo, y trabajaba con ardor por la fraternidad humana. Consideraba que la ambición, con su secuela de crueldades y corrupciones, era inevitable en un mundo en el que es preciso hacer las cosas; y que por desgracia, si uno deseaba realizar ciertas actividades orgánizativas, tenía que ser un poco severo. La obra era importante porque estaba ayudando a la humanidad, y cualquiera que se opusiese tenía que ser separado —suavemente, por supuesto. Para ese trabajo la organización era de la mayor importancia y no debía ser estorbada. “Otros tienen sus senderos”, dijo, “pero el nuestro es esencial y quienquiera que se nos interponga no es de los nuestros”.

El utopista era una extraña mezcla de idealista y de hombre práctico. Su Biblia no era la antigua sino la nueva. Creía en la nueva implícitamente. Conocía de antemano el desarrollo del futuro, pues el nuevo libro lo predecía. Su plan era confundir, organizar y realizar. El presente, dijo, está corrompido, debe ser destruido, y fuera de esta destrucción lo nuevo debe construirse. El presente tenía que ser sacrificado por el futuro. El hombre futuro era lo que importaba, no el hombre presente.

“Nosotros sabemos cómo crear ese hombre futuro”, dijo, “podemos plasmar su mente y corazón; pero necesitamos llegar al poder para hacer algo bueno. Estamos dispuestos a sacrificarnos y a sacrificar a otros para traer un nuevo orden. Mataremos a cualquiera que se interponga en el camino, pues los medios carecen de importancia; el fin justifica los medios”.

Para la paz final, cualquier forma de violencia podía ser usada; para la final libertad individual, la tiranía en el presente era inevitable. “Cuando tengamos el poder en nuestras manos”, declaró, “emplearemos toda forma de compulsión para hacer posible un nuevo mundo sin distinciones de clase, sin sacerdotes. Nunca nos apartaremos de nuestra tesis central, estaremos fijos ahí, pero nuestra estrategia y nuestras tácticas variarán de acuerdo con las cambiantes circunstancias. Planeamos, organizamos y actuamos para destruir al hombre presente en aras del hombre futuro”.

El sannyasi, el hombre de la fraternidad y el utopista, viven todos para el mañana, para el futuro. No son ambiciosos en el sentido mundano, no desean altos honores, riquezas o reconocimiento, pero son ambiciosos en una forma mucho más sutil. El utopista se ha identificado como un grupo que, según piensa, tendrá el poder de reorientar al mundo; el hombre de la fraternidad aspira a ser exaltado, y el sannyasi a alcanzar su meta. Todos están preocupados con su propio devenir, con su propia realización y expansión. No ven que ese deseo niega la paz, la fraternidad y la suprema felicidad.

La ambición en cualquier forma —para el grupo, para la salvación individual o para la realización espiritual— es acción postergada. El deseo es siempre del futuro; el deseo de llegar a ser es inacción en el presente. El ahora tiene más importancia que el mañana. En el ahora está todo el tiempo, y comprender el ahora es estar libre del tiempo. El devenir es la continuación del tiempo, del dolor. Devenir no contiene ser. Ser es siempre en el presente, y ser es la forma más elevada de transformación. Devenir es mera continuidad modificada, y sólo hay transformación radical en el presente, en ser.

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Comentarios sobre el vivir - Tomo I
Por ahora el que menos me ha gustado, los otros me han parecido brillantes, este no está mal.
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