Cuentos con moraleja

Responder
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

Que fácil es alcanzar la felicidad
Necesito desesperadamente que alguien me ayude… o voy a volverme loco. Vivo en una pequeña habitación con mi mujer, mis hijos y mis parientes, de manera que tenemos los nervios a punto de estallar y no dejamos de gritarnos y de increparnos los unos a los otros. Aquello es un verdadero infierno…

¿Me prometes que harás lo que yo te ordene?, le dijo el maestro con toda seriedad.

¡Te juro que lo haré!

Perfectamente. ¿Cuantos animales tienes?

Una vaca, una cabra, seis gallinas….. y alguno más.

Mételos a todos en una habitación y vuelve dentro de una semana.

El discípulo quedo horrorizado, pero había prometido obedecer… De modo que lo hizo y regreso al cabo de una semana quejándose desconsoladamente: ¡Vengo hecho un manojo de nervios! que suciedad, qué peste, qué ruido… ¡Estamos todos a punto de volvernos locos!

Mete ahora el perro y el caballo y vuelve dentro de una semana.

Ya no podía más…. era insoportable.

Vuelve otra vez, dijo el Maestro, y saca a todos los animales fuera.

El hombre se marcho a su casa corriendo y regresó al día siguiente radiante de alegría: Qué felicidad. Han salido todos los animales y aquello es ahora el paraíso. ¡Qué tranquilidad, qué limpieza, qué amplitud…!
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

Leyes, usos y costumbres


Se cuenta que un grupo de antropólogos colocó cinco monos en una jaula, en cuyo centro pusieron una especie de escalera y sobre ella un racimo de plátanos de buena calidad y bien olorosos. Apenas tardaron unos segundos los monos en reaccionar y enseguida uno de ellos empezó a subir la escalera para pillar los plátanos y darse un festín, pero los científicos que ya esperaban esa reacción lanzaron un gran chorro de agua helada sobre los otros que habían quedado en el suelo esperando su turno. Esta forma de proceder la repitieron en varias ocasiones y cada vez que uno trepaba los otros se llevaban un buen chorro de agua fría. Después de algún tiempo, cada vez que un mono intentaba subir la escalera, los otros cuatro lo molían a palos para evitar el desagradable remojón. Los científicos dejaron que las cosas evolucionaran y después de algo de tiempo, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de los olorosos plátanos que colgaban ahí arriba.

Entonces, los científicos decidieron sustituir a uno de los monos por otro nuevo que no conocía nada de todo aquello. Como es normal, su primera reacción al ver los plátanos fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le molieron a palos. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera. Un segundo mono fue reemplazado por otro novato y de nuevo vuelta a empezar. El primer sustituto participó con entusiasmo y saña en la paliza al mono novato al ver la reacción de los demás. Un tercero fue cambiado y de nuevo pasó lo mismo en cuanto intento alcanzar los plátanos. El cuarto y, finalmente, el último de los monos veteranos fue reemplazado.

Si nos fijamos quedaban cinco monos que jamás habían recibido el chorro de agua fría de los antropólogos y, sin embargo, jamás subían la escalera y al que lo intentaba le daban una paliza, sin tener la menor idea de por qué lo hacían. No parece que haya mucha diferencia entre los monos y los hombres, y cuenta la historia de Internet que si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:

“No sé, las cosas siempre se han hecho así aquí…”
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

El rey sabio


Había una vez un rey sabio y poderoso que gobernaba en la remota ciudad de Wirani. Y era temido por su poder y amado por su sabiduría.

En el corazón de aquella ciudad había un pozo cuya agua era fresca y cristalina, y de ella bebían todos los habitantes, incluso el rey y sus cortesanos, porque en Wirani no había otro pozo.

Una noche, mientras todos dormían, una bruja entro en la ciudad y derramó siete gotas de un extraño líquido en el pozo, y dijo: “De ahora en adelante, todo el que beba de esta agua se volverá loco”.

A la mañana siguiente, salvo el rey y su gran chambelán, todos los habitantes bebieron el agua del pozo y enloquecieron, tal como lo había predicho la bruja. Y durante aquel día, todas las gentes no hacían sino susurrar el uno al otro en las calles estrechas y en las plazas públicas: “El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán han perdido la razón“.

Naturalmente, no podemos ser gobernados por un rey loco. Es preciso destronarlo.

Aquella noche, el rey ordenó que le llevasen un vaso de oro con agua del pozo. Y cuando se lo trajeron, bebió copiosamente y dio de beber a su gran chambelán.

Y hubo gran regocijo en aquella remota ciudad de Wirani, porque el rey y su gran chambelán habían recobrado la razón.
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

¿CUÁNTO CUESTA ALCANZAR LA VERDAD?

El hombre paseaba por aquellas pequeñas callecitas de la ciudad provinciana. Al torcer una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco. Intrigado, se acercó a la vidriera y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate… En el interior solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba:

Tienda de la verdad

El hombre estaba sorprendido. No pudo imaginar qué vendían.
Entró.
Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:

– Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?
– Sí, señor. ¿Qué tipo de verdad está buscando? ¿Verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?

Así que allí vendían verdad. Nunca se había imaginado que aquello era posible. Llegar a un lugar y llevarse la verdad era maravilloso.

– Verdad completa – contestó el hombre sin dudarlo.

Estoy tan cansado de mentiras y falsificaciones, pensó. No quiero más generalizaciones ni justificaciones, engaños ni fraudes.

– Bien señor, sígame.

La señorita acompañó al cliente a otro sector, y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo:

– El señor le atenderá.

El vendedor se acercó y esperó a que el hombre hablara.

– Vengo a comprar la verdad completa.

– Ajá. Perdone, pero, ¿el señor sabe el precio?

– No. ¿Cuál es? – contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.

– Si usted se la lleva – dijo el vendedor – el precio es que nunca más volverá a estar en paz.

Un escalofrío recorrió la espalda del hombre. Nunca se había imaginado que el precio fuera tan alto.

– Gra… gracias… Disculpe… – balbuceó.
Dio la vuelta y salió de la tienda mirando al suelo.

Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que aún necesitaba algunas mentiras en las que encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo…

Quizá más adelante, pensó.
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

El cuento de los “vadegros” y su curiosa costumbre
Había una vez un planeta en una galaxia muy lejana, en el que vivían unos seres muy influenciados por las opiniones de los demás. Formaban una sociedad acomplejada, débil, enfermiza y, lo peor de todo, adoctrinada por media docena de espabilados que habían aprendido a manejar los defectos de esos seres para empujarlos a cometer los mayores desvaríos, con la misma impunidad que se conduce a una manada de borregos camino del matadero.

Hablamos de unos ciudadanos que habían sido despojados de su dignidad, de su amor propio, de sus instintos de supervivencia, y hasta de los valores fundamentales para la convivencia. Habían perdido hasta el más elemental instinto que tienen todas las criaturas de defender a sus hijos. Les contaron que los niños tenían que ser inoculados con venenos para que no enfermaran, y los integrantes de esa sociedad idiotizada hacían cola con sus hijos para cometer semejante sacrilegio con la sangre incontaminada de sus retoños.

El mayor problema de estas gentes es que no tenían ninguna autoestima. Les habían convencido de que todo lo que les gustaba era pecado, o era inmoral, o era de mala educación, o estaba mal visto en las redes sociales. Como no encontraban en sí mismos nada que les gustara, buscaban desesperadamente la aprobación de los demás. Si conseguían ser aceptados en algún grupo numeroso, podrían presumir de ello y vanagloriarse de las hazañas grupales como si fueran propias.

Pero la pertenencia a un grupo, clan, casta, secta, religión, partido, pandilla o comunidad tiene un coste personal alto, aunque la mayoría lo pagan encantados con tal de codearse con lo que ellos piensan que es la crema social de esa época. Hay que vestir según los dictados del grupo. Escuchar la música correcta. Hablar usando palabras del argot adecuado. Odiar a las mismas personas que odian los compañeros y admirar a los intelectuales que digan lo que es correcto decir. Resumiendo: comportarse como un robot programado para realizar ciertos trabajos sin opinión propia ni criterio.

De vez en cuando se ponía de moda en el grupo algún tipo de ropa, deporte, actividad, vicio o manía, y sin que nadie tuviera que decirlo todos intentaban hacer lo mismo o, como mínimo, aparentar que les gustaba.

A lo largo de los años iban cambiando las modas, vicios o manías, pero lo que nunca cambiaba era la devoción y el entusiasmo con los que la masa se dedicaba a realizar cada cosa que se ponía de moda:

Si había que tatuarse, sufrían con entereza el dolor de las agujas y los efectos secundarios de las tintas de mala calidad usadas en chiringuitos insalubres.

Si se ponía de moda ser un cadáver ambulante, quedarse con la piel y los huesos y andar por la calle con unas ojeras de boxeador, la gente se olvidaba del instinto del hambre, no comía nada, y cuando sucumbía a la tentación de llenar el estómago, le ponía remedio vomitando la comida. Lo más patético era cuando, con la cara demacrada y la armonía corporal de un robot de la chatarra, presumían de la elegancia y la belleza sin par de semejantes engendros.

Durante unos lustros se instituyó la, más que moda o costumbre, casi obligación de reunirse grupos de niños y jóvenes con el único propósito de emborracharse y consumir otras drogas duras. Hasta esos momentos las bebidas alcohólicas se usaban como un medio o excusa para relacionarse con otros, ayudando a romper el hielo del encuentro a puerta fría. Con la institución del botellón se subió un nivel, las drogas dejaron de ser un medio para convertirse en un fin. Ya no se bebía para socializar y alternar con los amigos, se bebía única y exclusivamente para emborracharse, para evadir la realidad, con el coma etílico como única meta.

Con la invasión de las redes sociales, cualquier manía o moda se podía instaurar a nivel mundial en pocas semanas. Cuanto más absurda, peligrosa, inmoral, antinatural o estúpida, más fuerte arraigaba y más gente se apuntaba a la nueva locura.

Un buen día, en un programa de bricolaje en TV, un presentador se pegó sin querer un martillazo en un dedo, se le puso el dedo hinchado y morado, y para disimular su negligencia dijo que lo había hecho porque era la última moda en los países más adelantados, ya que era una manera muy sofisticada de experimentar una sensación de dualidad, de placer y dolor. El placer de la valentía de autoinfringirse dolor, y el dolor proporcional al nivel de valentía para asestar el golpe. Cuanto más valiente, más fuerte el martillazo, y más dolor sufrido, todo proporcional.

Quizá el éxito que tuvo la estúpida locura de pegarse martillazos en el dedo fuera debido a que, cualquiera podía demostrar lo valiente que era, mostrando que su dedo era el más amoratado y más hinchado de toda la cuadrilla de amigos, inequívoca señal de que no había dudado en descargar un martillazo con toda su saña. La foto del dedo vencedor acumulaba miles de “likes” y era más popular que en su época lo fue el dedo incorrupto de algún santo famoso.

A los asiduos practicantes de la nueva moda se les apodaba “los valientes del dedo negro”, que en internet pronto se redujo a la etiqueta “vadegro”. Si no eras un “vadegro” y podías presumir de la hinchazón de tu dedo y su color negruzco, socialmente estabas muerto. No hace falta decir que, en poco tiempo, nadie se atrevía a salir de casa con todos sus dedos con su color ancestral.

Al acentuarse tanto, esta nueva manía tuvo unas repercusiones a casi todos los niveles de la sociedad. Citaré unas pocas como ejemplo:

Cualquier película en la que los actores no tuvieran los dedos a la moda, era considerada anticuada, desfasada e inválida para optar a los Oscar.

Los poetas y los compositores de canciones pronto vieron el filón y empezaron a alabar las nuevas gestas como en los mejores tiempos de los caballeros de la Tabla Redonda.

Aquí tenemos uno de los estribillos de una canción de moda:

Si con una chica flaca te dispones a ligar
asesta en tu dedo un solemne martillazo

aunque la invites al cine y un buen yantar
sin un dedo muy oscuro no habrá flechazo

aunque vayas con guantes para disimular
en cuanto te los quites te dará esquinazo

La industria de todo tipo empezó a sacar nuevos productos sofisticados para satisfacer la amplia demanda: se anunciaban martillos de madera de roble, que conseguían la misma hinchazón y el color morado de los de hierro, pero sin los riesgos de rotura de las falanges. Fueron un éxito de venta sin precedentes.

Se mejoraron los anestésicos en espray para que mitigaran el dolor. Para no demostrar cobardía, al pedirlos en la farmacia siempre se decía que era un encargo de un amigo cobardica.

Se inventaron unos antiinflamatorios especiales que no rebajaban la inflamación, pues nadie quería que desapareciera la prueba de su valentía.

Muchos empezaron a usar maquillajes de efectos especiales para aparentar que el dedo estaba más amoratado que su color real. Lo cual condujo al invento de un test para comprobar si había rastros de maquillaje, que los más valientes se aplicaban públicamente para demostrar su autenticidad.

El desastre social se produjo un buen día, que a un famoso conocido se le ocurrió la brillante idea de martillearse todos los dedos de ambas manos. Para los últimos dedos tuvo que pedir ayuda a un mendigo a cambio de unas monedas, pues sus manos ya no podían sostener el martillo.

El vídeo de tal hazaña dio la vuelta al mundo en pocas horas, y millones de imitadores quisieron igualar la gesta. Al cabo de un mes, la mayoría de las empresas tenían más empleados de baja laboral que los que quedaban trabajando con la mayoría de sus dedos sanos. Los pocos trabajadores que seguían en su puesto de trabajo se cubrían la cara con una bufanda cuando las cámaras del telediario iba a hacer un reportaje, pues se avergonzaban de que algún amigo pudiera reconocerlos y burlarse de su cobardía.

La falta de mano de obra, que en este caso era la falta de dedos en las manos de obra, hizo caer la producción hasta el punto de provocar una grave escasez de alimentos y productos de primera necesidad. Los gobiernos mundiales se reunieron en la ONU y designaron a un panel de expertos para buscar soluciones al grave problema mundial.

Después de meses de investigación y de numerosos estudios científicos sobre el problema, los expertos propusieron las siguientes medidas:

Imponer una vacuna obligatoria a todos los niños que debilitara los músculos de los brazos para siempre, de forma que no tuvieran suficiente fuerza para levantar el martillo.

Prohibir la venta de martillos de cualquier material, y quitar las fotos de los martillos de los libros de texto escolares.

Cualquiera que tuviera un martillo debería entregarlo a las autoridades bajo pena de cárcel.

Crear asociaciones de “vadegros” anónimos en todas las ciudades para ser desintoxicados. Mientras tuvieran el “mono”, se les prestaría un martillo de imitación de goma blanda, con el que soportar el síndrome de abstinencia. Para los irrecuperables habían diseñado unos guantes de acero reforzado, con una cerradura en la muñeca para que no se los pudieran quitar.

Desgraciadamente, toda la batería de medidas no surtió ningún efecto. La gente se rebeló en masa contra una medidas opresoras que atentaban contra la libertad personal y coartaban su derecho a decidir sobre su propia vida. Las fábricas de martillos ilegales hicieron su agosto, vendiendo los mismos martillos que unos meses antes, pero multiplicando su precio por diez.

Y así se extinguió una raza cuya soberbia sólo era superada por su estupidez.

MORALEJA: si alguien ha llegado a la conclusión de que los “vadegros” eran idiotas, sería un buen momento para hacer un repaso de las cosas que cada uno hace diariamente con la mayor naturalidad, y que posiblemente sean más absurdas, estúpidas o infantiles que darse martillazos en el dedo.

Creerse los diagnósticos de un matasanos, las promesas de un político, o la vida eterna rodeado de ángeles comiendo tortitas con miel, es mucho más ingenuo que hacerse el chulo con un dedo inflamado.

Si pegarse en el dedo es de tontos, es mucho peor martillearse el hígado con cubalibres, ponerse los pulmones negros de nicotina o llevar calcetines acrílicos en verano.

Si la chulería de llevar un dedo morado nos parece ridícula, habría que preguntarles a los aborígenes que piensan de llevar zapatos de tacón de aguja.

Y, por último, me parece más sensato y civilizado aporrearse el dedo que chutarse quimioterapia en la vena.

La gente confunde lo que hacen todos con lo normal. Luego asocia lo normal con lo inocuo. Y por esa estúpida asociación de ideas, llega a la conclusión de que la quimioterapia es buena, pues si no lo fuera no se la meterían a todos los que pasan.

Como he dicho mil veces: nadie puede evitar que los ignorantes sufran.
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

El charlatán (Félix María Samaniego)

«Si cualquiera de ustedes
Se da por las paredes
O arroja de un tejado,
Y queda, a buen librar, descostillado,
Yo me reiré muy bien: importa un pito,
Como tenga mi bálsamo exquisito.»
Con esta relación un chacharero
Gana mucha opinión y más dinero;
Pues el vulgo, pendiente de sus labios,
Más quiere a un Charlatán que a veinte sabios.
Por esta conveniencia
Los hay el día de hoy en toda ciencia,
Que ocupan, igualmente acreditados,
Cátedras, academias y tablados.
Prueba de esta verdad será un famoso
Doctor en elocuencia, tan copioso
En charlatanería,
Que ofreció enseñaría
A hablar discreto con fecundo pico,
En diez años de término, a un borrico.
Sábelo el Rey; lo llama, y al momento
Le manda dé lecciones a un jumento;
Pero bien entendido
Que sería, cumpliendo lo ofrecido,
Ricamente premiado;
Mas cuando no, que moriría ahorcado.
El doctor asegura nuevamente
Sacar un orador asno elocuente.
Dícele callandito un cortesano:
«Escuche, buen hermano;
Su frescura me espanta:
A cáñamo me huele su garganta.»
«No temáis, señor mío,
Respondió el Charlatán, pues yo me río.
¿En diez años de plazo que tenemos,
El Rey, el asno o yo no moriremos?»

Nadie encuentra embarazo
En dar un largo plazo
A importantes negocios; mas no advierte
Que ajusta mal su cuenta sin la muerte.
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

El joven filósofo y sus compañeros

Un joven, educado
Con el mayor cuidado
Por un viejo Filósofo profundo,
Salió por fin a visitar el mundo.
Concurrió cierto día,
Entre civil y alegre compañía,
A una mesa abundante y primorosa.
«¡Espectáculo horrendo! ¡fiera cosa!
¡La mesa de cadáveres cubierta
A la vista del hombre!... ¡Y éste acierta
A comer los despojos de la muerte!»
El joven declamaba de esta suerte.
Al son de filosóficas razones,
Devorando perdices y pichones,
Le responden algunos concurrentes:
«Si usted ha de vivir entre las gentes,
Deberá hacerse a todo.»
Con un gracioso modo,
Alabando el bocado de exquisito,
Le presentan un gordo pajarito.
«Cuanto usted ha exclamado será cierto;
Mas, en fin, le decían, ya está muerto.
Pruébelo por su vida... Considere
Que otro le comerá, si no le quiere.»
La ocasión, las palabras, el ejemplo,
Y según yo contemplo,
Yo no sé qué olorcillo
Que exhalaba el caliente pajarillo,
Al joven persuadieron de manera,
Que al fin se lo comió. «¡Quién lo dijera!
¡Haber yo devorado un inocente!»
Así clamaba, pero fríamente.
Lo cierto es que, llevado de aquel cebo,
Con más facilidad cayó de nuevo.
La ocasión se repite
De uno en otro convite,
Y de una codorniz a una becada,
Llegó el joven, al fin de la jornada,
Olvidando sus máximas primeras,
A ser devorador como las fieras.

De esta suerte los vicios se insinúan
Crecen, se perpetúan
Dentro del corazón de los humanos
Hasta ser sus señores y tiranos.
Pues ¿qué remedio?... Incautos jovencitos
Cuenta con los primeros pajaritos.
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

El hombre que plantó árboles y creció felicidad

Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.

Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido.

Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida… Tenía que cambiar mi campamento.

Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra.

Me dio un sorbo de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña en un pliegue del llano. Conseguía el agua -agua excelente- de un pozo natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno.

El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en la playa.

La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amigable sin ser servil.

Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía perfectamente el tipo de pueblo de aquella región… Había cuatro o cinco más de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición territorial llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura, a menudo homicida.

Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.

Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarle. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua.

Me di cuenta de que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí un camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él lo dejó a cargo del perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me quisiera censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en absoluto: iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros.

Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en el que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantado cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.

Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta situación.

Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. Él me respondió sencillamente que, si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en el mar.

Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la tierra.
Al día siguiente nos separamos.

Un año más tarde empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los siguientes cinco años. Un «soldado de infantería» apenas tenía tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la olvidé.

Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la desmovilización, y un gran deseo de respirar aire fresco durante un tiempo. Y me parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la «tierra estéril».

El paisaje no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor que plantaba árboles. «Diez mil robles -pensaba- ocupan realmente bastante espacio». Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años, no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de más de cincuenta como personas viejas preparándose para morir… Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo contrario: se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi por mí mismo- que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado plantando árboles imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción…

Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido -acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos.

Parecía también que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de cambios y reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con determinación y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua corriendo en los riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres de aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la serie de reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un caudal de agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono anteriormente se edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus poblados, cuyos trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la zona habían encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas para asegurar un mínimo abastecimiento de agua.

El viento también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció el agua, también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta razón de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente que pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura en busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino de pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado una generosidad tan magnífica y perseverante.

Para tener una idea más precisa de este excepcional carácter no hay que olvidar que Elzeard trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final de su vida perdió el hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de éste.

En 1.933 recibió la visita de un guardabosques que le notificó una orden prohibiendo encender fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto crecer un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar hayas en un lugar a 12 Km. de su casa, y para evitar las ideas y venidas (pues contaba entonces 75 años de edad), planeó construir una cabaña de piedra en la plantación. Y así lo hizo al año siguiente.

En 1.935 una delegación del gobierno se desplazó para examinar el «bosque natural». La componían un alto cargo del Servicio de Bosques, un diputado y varios técnicos. Se estableció un largo diálogo completamente inútil, decidiéndose finalmente que algo se debía hacer… y afortunadamente no se hizo nada, salvo una única cosa que resultó útil: todo el bosque se puso bajo la protección estatal, y la obtención del carbón a partir de los árboles quedó prohibida. De hecho era imposible no dejarse cautivar por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos de energía, que a buen seguro hechizaron al diputado.

Un amigo mío se encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard Bouffier. Lo encontramos trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había tenido lugar la inspección.

El guardabosques sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en silencio. Yo le entregué a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos la comida entre los tres y después pasamos varias horas en contemplación silenciosa del paisaje…

En la misma dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban cubiertas de árboles de seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún el aspecto de la tierra en 1.913, un desierto… y ahora, una labor regular y tranquila, el aire de la montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo, la serenidad de espíritu, habían otorgado a este hombre anciano una salud maravillosa. Me pregunté cuántas hectáreas más de tierra iba a cubrir con árboles.

Antes de marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas especies de árboles para los que el suelo de la zona estaba especialmente preparado. No fue muy insistente; «por la buena razón -me dijo más tarde- de que Bouffier sabe de ello más que yo». Pero, tras andar un rato y darle vueltas en su mente, añadió: «¡y sabe mucho más que cualquier persona, pues ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!».

Fue gracias a ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de Bouffier fue protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger la foresta, y les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno de los carboneros.

El único peligro serio ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Como los coches funcionaban con gasógeno, mediante generadores que quemaban madera, nunca había leña suficiente. La tala de robles empezó en 1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier estación de tren que no hubo peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a treinta kilómetros, plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como había ignorado la de 1.914.

Vi a Elzeard Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la «tierra estéril»; pero ahora en lugar del desorden que la guerra había causado en el país, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí la zona, y lo atribuí a la relativa rapidez del autobús… Hasta que vi el nombre del pueblo no me convencí de que me hallaba realmente en aquella región, donde antes sólo había ruinas y soledad.

El autobús me dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas tenía tres habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra, subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la virtud.

Todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que solían soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de agua venía de la montaña. Era el viento en el bosque; pero más asombro era escuchar el auténtico sonido del agua moviéndose en los arroyos y remansos. Vi que se había construido una fuente que manaba con alegre murmullo, y lo que me sorprendió más fue que alguien había plantado un tilo a su lado, un tilo que debería tener cuatro años, ya en plena floración, como símbolo irrebatible de renacimiento.

Además, Vergons era el resultado de ese tipo de trabajo que necesita esperanza, la esperanza que había vuelto. Las ruinas y las murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido restauradas. Ahora había veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes parejas. Las nuevas casas, recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde crecían vegetales y flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir.

Desde ese sitio seguí a pie. La guerra, al terminar, no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero el espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados.

Sólo fueron necesarios ocho años desde entonces para que todo el paisaje brillara con salud y prosperidad. Donde antes había ruinas, ahora se encontraban granjas; los viejos riachuelos, alimentados por las lluvias y las nieves que el bosque atrae, fluían de nuevo. Sus aguas alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de menta fresca. Poco a poco, los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de otros lugares donde la tierra era más cara se habían instalado allí, aportando su juventud y su movilidad. Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres vivos, chicos y chicas que empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por las excursiones. Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora que gozaba de cierta comodidad, más de diez mil personas debían en parte su felicidad a Elzeard Bouffier.

Por eso, cuando reflexiono sobre aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas físicas y morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canán, me convenzo de que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo la arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria para dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de Dios.

Jean Giono
Avatar de Usuario
Escuela de Salud
Mensajes: 1232
Registrado: 06 Abr 2021, 19:14
Ha agradecido: 1552 veces
Ha sido agradecido: 1293 veces

Re: Cuentos con moraleja

Mensaje por Escuela de Salud »

Cuentos de patriotas apátridas y dignatarios indignos

Había una vez un lejano país que, por su cobardía y falta de colgantes en la entrepierna, se le apodaba cariñosamente la Piel de Vaca. Algunos siglos antes se le llamaba la Piel de Toro, pero la Real Academia de la Lengua denunció la falta total de coherencia al usar un nombre masculino, habiendo tamaña escasez de gónadas.

Precisamente por la escasez antes citada, el susodicho país acabó siendo despojado de su poder, y sus territorios se los repartieron 17 señores feudales, a cada cual más mediocre y cobarde. Puede parecer extraño que unos cobardes pudieran conquistar todos esos territorios, pero tiene una explicación muy sencilla: tras la muerte del dictador, los que se encontraban en el momento justo y el sitio adecuado, decidieron repartirse la Piel de Vaca como si fuera un solar, en vez de constituir una república democrática de verdad basada en una constitución digna.

Pasaron unos años felices cada uno robando en su taifa y el gobierno en la de todos, hasta que el hastío de la rutina empujó a los más ambiciosos a tratar de conseguir nuevos logros.

Como el gobierno necesitaba a las Taifas del Norte para conseguir mayorías y poder aprobar los presupuestos (no se puede robar más que el año anterior sin aumentar el presupuesto), iba aumentando las desigualdades, dejándose chantajear a cambio del apoyo parlamentario de las Taifas del Norte. Cuando al matón del patio del colegio nadie le para los pies, las exigencias crecen de forma desmesurada.

Un sabio dijo una vez: hay personas que tienen muchísimo dinero, pero ninguna tiene bastante. El atávico defecto humano de la ambición fue el detonador de una conspiración que perseguía aumentar el poder de la Taifa del Nordeste y mantenerlo durante mucho tiempo. Los señores feudales de esa región decidieron planificar una estrategia que les otorgara una gran ventaja y consolidara su poder durante generaciones.

Consultaron a los más espabilados del lugar, y éstos les hicieron las siguientes recomendaciones:

1 – Aunque esto no es una democracia y nunca lo será, hay que mantener las formas y aparentar como si lo fuera. Es conveniente que la mayoría del pueblo vote nuestra oligarquía. De esa forma, no tendremos problemas para imponer nuestra voluntad con el respaldo del pueblo, aunque lo que hagamos sea exactamente lo contrario de lo que hayan votado.

2 – Para mantener una mayoría de votos cautivos durante generaciones, no se puede apelar ni a la lógica ni al sentido común de las personas, sobre todo, si habitualmente se hacen cosas contrarias a los intereses de la plebe. La única solución es implantar una religión en la que la gente obedezca en base a dogmas de fe, sin necesidad de demostrar que algo es bueno o que les interesa.

3 – Como el tema religioso está muy desprestigiado, pues nosotros mismos nos hemos encargado de arrasar cualquier código de conducta que introdujera en la escuela cualquier escala de valores, hay que buscar algo igual de potente, pero moldeable a nuestro gusto.

4 – Las cosas que más excitan la sensiblería de la gente (no confundir con sensibilidad), son Dios, Patria y Familia. A Dios lo hemos derogado y la familia la estamos difuminando, por tanto, sólo nos queda la patria. Lógicamente, nosotros seremos los que dibujaremos las fronteras que delimitarán la “patria” que vamos a vender a nuestros votantes. Y como la palabra “patria” le trae malos recuerdos a mucha gente, nosotros utilizaremos el término “Nación independiente”.

5 – Como esa Nación independiente no llegará a existir nunca, se pueden hacer promesas imposibles sin el menor recato. No hay más remedio que ilusionar a la gente con un país en el que todos los días habrá helado de postre, para que al pueblo no le importen los sacrificios que se le pidan en aras de conseguir la próspera tierra prometida de leche y miel. En dicho país, como muy bien dijo el sabio ZP, todos y cada uno de los ciudadanos dispondrán de recursos muy por encima de la media.

UNA NUEVA MONEDA PARA LA NUEVA REPÚBLICA

Aunque no se tenía la más mínima intención de fundar una nueva república, se pensó en diseñar una nueva moneda. Se podría poner en circulación incluso antes de declarar la independencia, e ir acostumbrando al pueblo a su uso. Es perfectamente legal poner en circulación papelitos de colores, siempre que no estén denominados en euros u otra moneda sujeta a monopolio.

Una manera sencilla y rápida de colocar los nuevos cromos, es pagar una parte de los sueldos o algunos servicios con dichos papeles recién pintados.

En los nuevos billetes se decidió imprimir la faz del capo fundador de la logia.

Los diseñadores de la nueva moneda estuvieron mucho tiempo tratando de implementar el escudo de armas de la nación, en el que figuraba un arco en forma de 3% y debajo se podía leer el lema o divisa de la república: “La pela es la pela”. Después de largas y sesudas sesiones de trabajo descartaron incluir la heráldica en los billetes. Los nobles de la taifa querían apostar por una república moderna y despojada de rancias tradiciones. Siguiendo las directrices de la élite, el grupo de trabajo se decantó por una versión minimalista en la que se aplicaría el espíritu del escudo de armas, pero sin mencionarlo.

Un economista aficionado a las chaquetas de color semáforo tuvo una brillante idea: descontar el 3% del valor facial de los billetes, de forma que los billetes de 100 tuvieran un valor real de 97. La idea era genial, pues de esa manera se ahorrarían mucho tiempo en la recaudación de dinero violeta, al que por alguna extraña razón, la gente, posiblemente daltónica, lo etiquetaba de dinero negro.

Como, siguiendo la tradición de las más importantes repúblicas, el Banco Central no pertenece al Estado ni al pueblo sino a las oligarquías que detentan realmente el poder y manejan a su antojo las vidas y haciendas de la cabaña lanar que les encumbra, la tasa del 3% por cada papelito impreso cae directamente en las manos adecuadas. Este sencillo método ahorra el engorroso tráfico de maletines e incómodos desplazamientos a Andorra con coches carísimos conducidos por gente hortera.

Imagen

EL PUEBLO TIENE MONO DE DUI

Después de tantos años fomentando la religión separatista desde el bautismo, pasando por la escuela, la TV, los deportes, y hasta en los sermones de las iglesias, el pueblo pedía de rodillas ver realizadas todas esas promesas. A la gente los discursos le sabían a poco. La república de fantasía que se prometía era tan maravillosa, que la impaciencia empujaba al pueblo a pedir una dosis de prueba.

Los más radicales empezaron a presionar para poner fechas al magno acontecimiento. Y después de echar cientos de balones fuera y de sonados retrasos en las fechas, no hubo más remedio que montar una obra de teatro que aplacara el mono de la gente, de la misma forma que se le suministra metadona a los heroinómanos para hacerles el mono más soportable.

Las familias de los oligarcas se reunieron para buscar la forma de torear el problema. Después de largas discusiones llegaron a la conclusión de que no había más remedio que proclamar la DUI, aunque fuera durante un rato y con un escenario de cartón piedra. Eso aplacaría los ánimos enardecidos de la gente, y les daría mecha, al menos, hasta las elecciones de dentro de 8 años, en las cuales ya se buscaría otra buena excusa.

Lo más importante para dicha estrategia era encontrar un tonto útil que cumpliera los requisitos necesarios para desarrollar su cometido. Los requisitos son dos: 1) que sea tonto; 2) que sea muy tonto, para que no se vea venir que va a ser inmolado como chivo expiatorio en el altar de los sacrificios rituales. En todos los partidos se tienen previstas unas cuantas personas de usar y tirar para cuando la ocasión lo requiere. Son gente sin oficio ni beneficio que son cebados por el partido hasta que les llegue su San Martín. Buscaron entre todos los candidatos y escogieron a un noi de Girona que les venía ni que al pelo.

Para no hacer el relato demasiado largo, paso a narrar la escena final del vía crucis.

DUELO DE COBARDES EN EL O.K. CORRAL VIRTUAL

El conflicto entre el presidente de la Piel de Vaca y el de la Taifa del Nordeste fue aumentando la crispación, hasta convertirse en un duelo personal. Fue uno de los duelos más estresantes del siglo. Miles de personas tomaban somníferos para conciliar el sueño. La gente no aguantaba la presión que producía la lentitud de los adversarios.

Los dos eran tan cobardes, que cambiaron las reglas de cualquier duelo normal. La máxima preocupación de cada uno de ellos era que el adversario fuera el primero en desenfundar. Los dos eran tan pusilánimes y estaban tan acomplejados, que no querían tomar la iniciativa para que nadie les llamara fachas o violentos. Era un choque de trenes filmado a cámara lenta.

Las armas usadas en el duelo fueron totalmente innovadoras. En la era de Internet y la realidad virtual, los contrincantes escogieron unas armas que podían disparar hasta tres caracteres y alojarlos en la nube. “Envelope kid” cargó la recamara de su arma con los explosivos tres caracteres “155”. El “Nen del trespercent” amenazaba con disparar las letras “DUI”. Los dos proferían amenazas veladas para que el otro disparara primero. Pasaban los días y el ambiente se hacía irrespirable. Los dos acariciaban el gatillo sin la más mínima intención de disparar.

La falta de huevos durante esas fechas fue tan acusada que el mercado de los huevos se contagió y su precio subió un 84%.

https://www.libremercado.com/2017-11-03 ... 276608498/

Después de un tiempo de tensa inacción, al de la Taifa del Nordeste se le ocurrió una treta para desmoralizar al adversario. Disparó su arma lanzando la “DUI” durante ocho segundos, pero inmediatamente borró los caracteres de la nube. Con esto rompió la calma chicha, esperando conseguir una ventaja. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio al adversario fumándose el Marca y leyendo un puro. Unos días después, sin darle importancia, le preguntó si había disparado o había sido un cartucho de fogueo. Esto desmoralizó al “niño sin peine” y tomó la decisión de negociar.

Mientras públicamente decían que no había diálogo, los móviles de los dos presidentes no tenían tiempo ni de cargar la batería. Los dos sabían que el acuerdo era muy sencillo, pues ninguno quería verse obligado a disparar. La única preocupación era presentar el acuerdo para que cada uno pudiera salvar la cara delante de los suyos. El acuerdo fue sencillo: uno disparaba la DUI sabiendo que era imposible su aplicación, y el otro disparaba el 155 y convocaba elecciones, pero dejando intactas las infraestructuras de propaganda para que los sublevados volvieran a ganar las elecciones, sobre todo, la cadena de TV que llevaba el escudo de armas en su propio nombre: TV3%. Ambos quedaban como héroes frente a los suyos, mientras el statu quo no cambiaba en lo más mínimo. El viejo truco de reformarlo todo para que todo quede igual que estaba.

Un jueves de un cálido día de otoño se anunció la comparecencia para comunicar lo pactado. Pero un fugaz pensamiento trastocó los planes que tantos días habían costado urdir. Mirando el presidente el lema de su escudo de armas “La pela es la pela”, comprendió que se había dejado llevar por el corazón sin tener en cuenta el asunto más importante de todos. Inmediatamente, volvió a contactar con el adversario y le pidió garantías de que su patrimonio personal quedaría a salvo y, ante la negativa del otro, dejó que su palabra se hundiera en el fango.

Ante tamaña cobardía, su entorno más cercano presionaba al “Nen” de forma despiadada para que disparara su arma de tres caracteres. En un arrebato de sacrificio por la causa le dijo a su segundo de a bordo: una buena solución sería que yo dimitiera y tú, que eres un peso pesado de la política, ocuparas mi puesto y le dispararas el “DUI” entre ceja y ceja al gobierno opresor. A lo que el Vice le contestó: el guión está escrito desde hace muchos años y no se puede cambiar, tú representas a Cristo y yo a Judas, y aunque por nuestra amistad me cambiaría gustoso contigo, no puede ser y, además, es imposible.

Dispuesto a cumplir el trágico destino que la historia le tenía reservado y subir a los altares político-religiosos como el Moisés ateo, apuró el último trago de hiel y se dirigió a oficiar el solemne entierro de su trayectoria y el nacimiento por cesárea de la suspendencia republicana. A nadie sorprendió la cara de entierro que mostraban los oficiantes, pues cada mano que deslizaba un voto secreto en la urna, a los sumos sacerdotes les parecía que estaba martilleando con saña otro clavo en el ataúd de sus carreras.

Quiso el cruel destino que llegara a oídos del “Nen” una conversación del Vice en la que, además de admitir que la independencia era totalmente inviable, se tomaba la decisión de engañarlo miserablemente y no decírselo, como último intento de evitar que se rajara y no saltara por el precipicio. Por nada del mundo había que suspender el espectáculo que ya se había anunciado a los súbditos. Desde tiempos remotos se respeta la norma universal de darle al pueblo pan y circo, que en los tiempos modernos ha degenerado en comida basura y televisión basura.

En el pecho del “Nen” ardía la sed de venganza, pero como la función principal de su cerebro era abonar su abundante mata de pelo, a sus neuronas libres no se les ocurría ninguna venganza maquiavélica que equilibrara la balanza de las ofensas. Rebuscando en las memorias de sus años mozos, cruzaron por su mente el título de dos películas que le encendieron la bombilla. Una peli se titulaba “Tu a Boston y yo a California”. El título de la otra era “Si hoy es martes, esto es Bélgica”. Y dicho y hecho, la decisión estaba tomada: el Vice iría a la cárcel y él a Bélgica. El bochornoso ridículo de los sucesos posteriores ya son de dominio público.

EPÍLOGO

La triste moraleja de este cuento es que los reyezuelos de las taifas, e incluso los de los gobiernos centrales, a su vez son siervos de las élites mundiales. Como en las muñecas matrioskas, el titiritero que maneja las cuerdas de las marionetas a su vez es manejado desde las alturas a través de las cuerdas invisibles de sus pasiones inconfesables.

El poder de los amos sobre las marionetas y el titiritero, emana del profundo conocimiento que tienen de un par de cosas sencillas:

1 – Conocen las cualidades que debe tener el dinero. Saben que el oro es el dinero de los reyes, la plata es el dinero de los caballeros, el trueque es el dinero de los labriegos y la deuda es el dinero de los esclavos (los papelitos de colores en circulación están respaldados por deuda). En los últimos años ha aparecido un nuevo dinero llamado criptomonedas. Se trata de un dinero espiritual basado en las tres virtudes teologales de la Iglesia Católica: fe, esperanza y caridad. Su funcionamiento se basa en gente caritativa que vende sus criptomonedas a otras personas que han depositado su fe y su esperanza en este tipo de dinero.

2 – Los amos conocen profundamente los defectos ancestrales de la especie humana, mucho mejor que si los hubieran parido. A veces les sale alguno con un lavado defectuoso del cerebro que hace algo que no esperaban, pero cuando se trata de adivinar el resultado de unas elecciones, saben con total certeza que la mayoría siempre escogerá la opción que más perjudica los intereses del pueblo.

Parece ser que estos amos han diseñado para un próximo futuro un gobierno mundial, una moneda mundial y un control total de los siervos. Para la moneda mundial ya señalaron hace mucho tiempo el año 2018 para que entrara en vigor. Lo cual no quiere decir que dicha moneda sea alguna de las que ahora hay en circulación.
Imagen

Para conseguir el gobierno mundial, tendría sentido que, primero, favorezcan la desmembración de los países grandes. Es más fácil avasallar a pueblos pequeños, débiles y, sobre todo, endeudados. Pongamos como ejemplo a la Taifa del Nordeste:

Aunque los oligarcas de esta taifa lo último que desean es la independencia, vamos a suponer que la consiguieran como ejercicio intelectual para poder analizar las circunstancias. La República nacería sin servicios, sin ejército, sin Hacienda, sin dinero para pagar las nóminas de los funcionarios a final de mes y, lo peor de todo, endeudada hasta las cejas y sin la más mínima posibilidad de financiarse a ningún precio. Como el territorio no tiene recursos materiales para vender o hipotecar, los gobernantes se verían obligados, para poder sobrevivir, a aceptar contratos leoninos que hipotecarían su libertad de decisión. Pero como con todas esas condiciones todavía no sería suficiente, al final tendrían que vender su alma al mejor postor, y someterse a la voluntad y la agenda de los grupos de presión que les dieran dinero para comer.

Con ello se cumpliría la más común de las paradojas: que al usar un trampolín para subir más alto, se dispara un resorte escondido, el trampolín se convierte en una trampa, y en vez de subir a un nivel mayor de libertad, caes en el pozo de la esclavitud. Son los riesgos de delegar el timón de un país a un indocumentado que no sirve para presidente de su comunidad de vecinos.

****************

Aparte del cuento, también quería dar mi opinión sobre el derecho a decidir de las personas.

La libertad de decisión de cada persona está limitada por la libertad de las personas que le rodean.

Para evitar que nadie se extralimite en sus derechos o libertades, en la mal llamada Democracia (es más correcto llamarla la dictadura de la mayoría, la cual es un desastre, pues la mayoría históricamente se ha equivocado siempre) se establecen unas leyes que impidan los abusos. Dichas leyes ya incluyen las fórmulas para cambiarlas, para evitar la tentación de que cada persona quiera adaptarlas a sus gustos, manías y vicios. Lógicamente, y como no podría ser de otra forma, para cambiar la Constitución se necesitan unas mayorías cualificadas. Si la dictadura de la mayoría ya es desastrosa, someter las leyes a los caprichos de minorías podría destruir el planeta cada tres meses.

A pesar de ello, yo estoy de acuerdo con hacer unas cuantas consultas a los pobladores de la Piel de Vaca:

Primero se hace un referéndum para preguntar a los pielvaqueños si quieren seguir financiando las duplicidades, las corruptelas, los enchufismos y el despilfarro de las 17 taifas, o damos un paso atrás y volvemos a tener un sólo gobierno corrupto, con los enchufados conocidos o amancebados sólo por ese gobierno, y con el despilfarro y mangoneo de un sólo gobierno.

En la misma papeleta se pone otra casilla, para que la marquen los que estén de acuerdo con eliminar todos los alcaldes y concejales de los ayuntamientos de los municipios de menos de 20.000 habitantes. El ayuntamiento se queda donde está, pero pasa a ser gobernado por el alcalde del ayuntamiento más próximo por videoconferencia.

Si la gente tiene derecho a decidir, lo lógico es empezar a preguntar por las cosas más importantes en las que se despilfarra el doble de dinero del déficit anual nacional. De esa forma se entrará en superávit el primer año de aplicar la voluntad del pueblo. Teniendo en cuenta que los políticos, además de innecesarios, dificultan el libre mercado, cuanto menos haya y más lejos se encuentren, tanto mejor para la inmensa mayoría de la población.

Suponiendo que después de esta consulta la gente siguiera emperrada en despilfarrar sus impuestos y el sudor de su frente en mantener virreyes mediocres e instituciones horteras, entonces se podría hacer un referéndum para la independencia de la Taifa del Nordeste con las siguientes condiciones:

Para evitar que cuatro gatos pudieran obligar a vivir en el exilio de la Piel de Vaca a gente que no lo desea, para que se aceptara la independencia, la mayoría de votos a favor debería ser al menos de dos tercios de los votantes. Si fuera para cambiar el color de las paradas de autobús, no sería necesaria una mayoría tan importante, pero para tomar una decisión que arruinaría el territorio durante tres generaciones, es conveniente que una gran mayoría esté de acuerdo.

Suponiendo que se consiguiera esa mayoría, la independencia no se haría efectiva hasta haber liquidado en efectivo todos los bienes de la Piel de Vaca que se encuentran en ese territorio a precios de mercado, haber pagado todas las deudas sin re-financiación, y haber liquidado, en efectivo y en dinero de curso legal en la Piel de Vaca, la parte alícuota de la deuda nacional calculada sin la aplicación del procedimiento de déficit excesivo. Las deudas provocadas por los corruptos incompetentes que han votado todos los ciudadanos, se pagan entre todos los irresponsables electores antes de abandonar el barco, a ver si a la próxima se fijan un poco más en la cara del mafioso al que votan.
Responder